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El pulso veracruzano


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Otro cantar
Columna de José Homero

José José

Encarnación
del ídolo


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Mientras esperábamos que la carne terminara de asarse sobre la parrilla, nuestro anfitrión elegía canciones en Youtube. La atención era distraída, propia de una reunión concurrida, vagando de la conversación a ojeadas furtivas a las imágenes y cierta desesperación por la demorada cocción. Apenas se escuchó la obertura de “El Triste”, el bullicio cesó y los asistentes se agruparon frente a la pantalla. Me sorprendió cómo habíamos pasado de los temas más socorridos del rock y la música norteña a celebrar la actuación de José José en el Festival de la Canción Latina. Más me sorprendieron las conmovidas expresiones de los parroquianos, personajes del medio institucional y cultural de Nuevo Laredo, uno de los cuales nos había invitado —a Ana García Bergua y a mí, asistentes al Festival de la Palabra—, a dicha convivencia. Parecían en trance, luciendo arrobo y emoción ante la arrebatada ejecución y el alarde vocal, expreso en la duración de las notas en una sola emisión, que distinguía a José José de otros intérpretes, la mayoría con una tesitura mediocre y una rudimentaria educación musical.

¿En qué momento la legendaria interpretación de José José en el Festival de la Canción Latina se convirtió en imagen icónica? Para la canción mexicana, el evento del 15 de marzo en el teatro Ferrocarrilero es el equivalente a la primera aparición de The Beatles en el programa de Ed Sullivan el 9 de febrero de 1964. Si la experiencia en Tamaulipas me sorprendió fue porque pocas veces la había atestiguado; sin embargo paulatinamente conocería a más y más devotos de ese episodio único, hoy popular gracias al video. Para los admiradores recientes, “El Triste” cifra su imagen de José José. Más que ademanes de crooner —el tipo que por su repertorio más le ajustaba—, sus gestos remiten al manierismo propio del bel canto, legado seguramente también de su padre, José Sosa Esquivel (1923-1968): tenor, miembro de la Ópera Nacional y protagónico en varias obras.

A diferencia de Juan Gabriel, cuya instauración como ídolo ocurrió tempranamente, la entronización de José José fue paulatina. No fue siempre un cantante melancólico, aun cuando en sus inicios propiciara esta impresión por su repertorio contrito. Se olvida que también entonaba baladas modernas, la aclimatación latinoamericana del pop, como “En las puertas del colegio” y “El príncipe”. Fue con esta pieza y el disco homónimo que daría el viraje de solista exitoso pero con una imagen inocua —los discos del lapso que separa el álbum El Triste (1970) de El príncipe (1976) son ambiguos y vacilantes— a su conversión en ídolo.

Uno de los mejores cantantes de América Latina,
José José fue idolatrado siempre.

Piedra angular de esta mutación es Reencuentro (1977). Además de rendir tributo al género que lo prestigió tempranamente —el bolero—, da inicio a un nuevo período, como corrobora “Buenos días, amor” de Juan Carlos Calderón, auténtica renovación de la música y la imagen hasta entonces distintivos del artista. La colaboración con compositores y productores españoles, como Rafael Pérez Botija y Manuel Alejandro, le aportaría los primeros clásicos de esa nueva etapa donde la lírica se confunde e interpreta bajo la lectura biográfica: “Gavilán o paloma”, “Amar y querer”. Comienza así un ciclo fértil donde se abandona finalmente ese estilo edulcorado, totalmente convencional y poco inspirado que distinguía a la producción musical de la época —lo que podríamos llamar “el sonido oti”—, con sus arreglos pomposos, melodías predecibles y coros cursis, para encontrar un timbre más contemporáneo y sobre todo musicalmente más rico. Los siguientes álbumes serían creación de Juan Gabriel (Lo pasado, pasado, 1978), Camilo Sesto (Si me dejas ahora, 1979) y sobre todo Tom Parker, quien apoyaría al cantante para que éste comenzara a producir y a componer.

La cumbre es Secretos, compuesto totalmente por Manuel Alejandro en asociación con su esposa e hija, María Magdalena y Ana Alejandra, respectivamente. Además del disco más vendido de José José, es uno de los más populares y obra cimera de la canción castellana. Las composiciones se caracterizan por la sapiencia entre la música y la lírica y aun cuando distintas entre sí, parecieran urdir una trama en la que se perciben los ecos de las peripecias conyugales del artista. Quizá por esa insistencia en leer su cancionero bajo una luz biográfica es que Secretos se convirtió, además de éxito comercial, en favorito de la crítica. Con todo, la pieza memorable y de las mejores del pop en español es “El amor acaba” que con una impronta profundamente quevedesca —el Heráclito cristiano— ofrece una visión acerba del amor, la vida y el arte mismo:


Porque somos como ríos
cada instante nueva el agua
¡el amor acaba!


Porque mueren los deseos
por la carne y por el beso
¡el amor acaba!


Porque el tiempo tiene grietas,
porque grietas tiene el alma,
porque nada es para siempre
que hasta la belleza cansa
¡el amor acaba!


Este disco integra con Mi vida (1982) y Reflexiones (1984) la tercia de ases con que José José comenzó su consagración. Fue así que la desventura vital terminó cristalizando en un cancionero memorable por sus versos de desaliento pero también de honda reflexión. Con ello José José confirmó que para ser un ídolo el artista debe ser primeramente un hombre cuyos triunfos y derrotas constituyen la materia que conforma su monumento. Ídolo: carne trémula vaciada en piedra. >X<





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